viernes, 22 de noviembre de 2013

El eco del silencio

Un cuento por Víctor Álex Hernández


Fotografía: José de Haro 
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¡Yo creía ser feliz! Todo me iba bien. Tenía salud, una familia adorable, la estabilidad que solo un buen oficio nos puede dar. Había tenido la suerte de conseguir y conservar unos amigos honestos y una situación económica desahogada. No es que pudiéramos escatimar en gastos y olvidarnos de la gran escasez que vivíamos en otros tiempos y que aún hoy observábamos a nuestro alrededor, pero sí que nos podíamos permitir ciertos lujos que no están al alcance de todo el mundo. Siempre me consideré un alumno aventajado, un complaciente hijo, más tarde un eficiente empleado, un padre concienciado, y un esposo cercano. Y como consecuencia de todo esto la vida me devolvió salud, me recompensó con amor, y el dinero se hizo su propio camino entrando por mi puerta en su justa medida. La verdad es que jamás se me ocurrió reprochar nada a mi destino. Me hubiera gustado haber sido actor, pero la insistencia de mis padres hizo que finalmente estudiara periodismo. Luego me casé y tuve dos niños maravillosos, un poco desobedientes para mi gusto, pero al menos a su madre sí que le hacen caso. Y bueno, tan sólo echaba de menos un poco más de tiempo para mis aficiones pero el trabajo, las  labores domésticas y el cuidado de los míos eran circunstancias que me mantenían ocupado la mayor parte del día.


El domingo doce de mayo de dos mil trece mi despertador sonó a las siete, como todos los días desde que recuerdo usar semejante artificio para sacudir mis sentidos y dar la bienvenida a la nueva jornada. Mis hijos y mi mujer aún dormían y decidí prepararles el desayuno para disfrutar de esos momentos familiares que tan solo la mañana del séptimo día de la semana nos puede brindar. Cuando, esperando a que ellos despertaran, me conecté a Internet para ojear las noticias, tres titulares captaron mi atención: "Nicaragua expulsa a un fotógrafo de la agencia de noticias France Press", "Pérez Reverte arrasa en la Feria del Libro de Buenos Aires", y "Muere el presentador y actor de doblaje Constantino Romero a los 65 años". Sin tiempo siquiera a profundizar en los textos que acompañaban dichas nuevas, mis oídos percibieron un leve movimiento en nuestro dormitorio, situado en la habitación contigua. Presto, acudí a la cocina y recogí la bandeja con la que fui al encuentro de mi recién levantada esposa para sorprenderla.

-Buenos días cariño
-¿Qué te ocurre? -fue su respuesta.
-¿Perdón? cielo
-¿Estás afónico? -preguntó mi mujer, sin prestar mucha atención a mi cara de extrañeza.
-No lo estoy, te hablo con normalidad. ¿Acaso no me oyes?

Ella ignoró la pregunta y centró su atención en el delicioso amanecer que se presentaba en plástica bandeja ante sus ojos. Mientras degustaba las tortitas le dije que hacía un día espléndido, que podíamos ir con los niños a dar de comer a los patos del parque y luego podíamos pasar la tarde en la plaza para enseñarles a montar en bicicleta. Ella no pareció querer responder a mis sugerencias y mientras devoraba su desayuno yo entendí que se había despertado con un apetito voraz. Así que la dejé disfrutar de su momento y me retiré al vestidor a prepararme para pasar un feliz día familiar. Así, me pertreché mi chándal de los domingos, y luego en la cocina cogí una bolsa plástica para llevar algo de pan duro. Mientras embolsaba los restos para los patos, mi mujer entró por la puerta y mirándome de pies a cabeza me preguntó si íbamos a salir.

-¿Es que no me has escuchado antes? -le pregunté atónito.
-¡Cariño! -exclamó parándose en seco-. ¿Por qué has perdido la voz? ¿Has cogido frío anoche?
-Yo no he perdido la voz, ¿te has quedado sorda?

Las horas posteriores fueron un verdadero tormento para mi. En un principio llegué a pensar que mi mujer había amanecido con gruesos tapones de cera en los oídos, había leído en alguna parte que a veces ocurren esas cosas. O que una inexplicable sordera repentina le había afectado, puesto que mi propia voz llegaba a mis oídos sin ningún tipo de anomalía, pero ella parecía no percibir sonido alguno. Sólo cuando despertaron los niños pude comprobar que mi mujer no era quien tenía el problema, ya que ellos tampoco me podían oír, pero sin embargo sí que iban respondiendo y atendiendo las instrucciones que su madre les daba. ¿Cómo era posible? Entonces se me ocurrió una idea. Salí a la terraza, asomé mi cabeza y observé a varios vecinos en la calle introduciendo enseres en el maletero de su furgoneta. A unos metros, cuatro niños correteaban en la plaza tras una pelota. Alcé mi vista y divisé a otra señora sacudiendo una alfombra por la ventana de su casa. En ese instante, llené mis pulmones de aire, curvé las palmas de mis manos y a modo de altavoz las acoplé a los lados de mi boca, y ayudándome de toda la fuerza que mi organismo fue capaz de recabar, emití el grito más desgarrador que jamás recuerdo haber proferido, hasta que éste inundó de vibraciones la atmósfera. O al menos eso pensé yo.

Ninguno de aquellos desconocidos pareció alterar lo más mínimo la actividad que estaba realizando. Cuando miré hacia la calle, los vecinos cerraban el maletero de su furgoneta, los niños seguían con su juego y más arriba, la señora recogía la alfombra y cerraba la ventana para proseguir con sus tareas de limpieza. Ya no había dudas. Algo extraño me había ocurrido esa mañana. Era como si mi propia voz se diluyera hasta morir a escasos milímetros de mis labios. Pero, ¿cómo era posible? ¡Si yo mismo había podido escuchar mi propio chillido! ¡Si con semejante alarido todos ellos tenían que haber girado su cabeza hacia mí! La señora de la ventana incluso debía haber perdido su alfombra del susto. Ante mi incredulidad, procedí a hacer una serie de comprobaciones. Podía mover perfectamente mis órganos fonadores. Instintivamente situé mi dedo índice bajo mi nariz y pude percibir claramente el ligero aire expulsado cuando pronunciaba las consonantes nasales. Mi lengua se movía con agilidad dentro de mi boca cuando  mi cerebro le ordenaba desplazarse hacia los puntos necesarios que obstaculizan la salida del aire, haciendo a éste transformarse en sonidos diferenciados. Con el pulgar de mi mano apoyado sobre mi nuez pude notar las vibraciones de mis cuerdas vocales sin ninguna dificultad. Todo parecía funcionar correctamente, pero entonces... ¿¡qué demonios me ocurría!?

Las semanas que siguieron a aquel fatídico domingo fueron aún más terroríficas. Acudí con mi mujer al hospital, donde me hicieron todo tipo de pruebas para dilucidar la causa de mi mal. Ninguno de los especialistas pudo hallar pista alguna al respecto, y tampoco se aventuraron a decirme si recuperaría mi voz en un futuro. -No se preocupe usted, al menos alégrese de que no le duela nada- fue lo que me dijo el doctor a modo de despedida cuando me disponía a dejar su consulta. Enseguida se corrió la voz por el barrio, no la mía, por supuesto, y como consecuencia perdí mi trabajo como locutor en una radio de alcance local. Me encargaba tan sólo de leer la publicidad de las empresas que se anunciaban en los intermedios de los programas. Y, obviamente, no les interesaba otra cosa que no fueran mis dramatizadas lecturas, cosa que ya no podía ofrecerles para mi pesar.

Desamparado, hundido, sin nadie que me escuchara, me dirigí a la iglesia de mi pueblo natal. Hacía muchos años que no acudía a un templo. Pero no sabía por qué extraño motivo me dio por pensar que con Dios no hace falta hablar. Las oraciones muchas veces se emiten desde el pensamiento y los creyentes siempre dicen que Él las escucha. Así que fui a pedirle perdón por mis pecados a la vez que una solución a mi reciente problema. Cuando entré por el pórtico, noté un frío estremecedor y pude observar que el lugar estaba desierto. Me senté y comencé mi plegaria interior. Enseguida oí unos pasos a mi espalda. Yo mantuve mis ojos cerrados e intenté concentrarme en la oración hasta que una anciana me tocó el hombro.

-Joven, no te escuchará a menos que le enciendas una vela. -Al abrir los ojos la vi señalando el lampadario que había pasado para mí inadvertido. -Gracias señora -quisieron decir mis labios. Según me acerqué, pronto me percaté de que las velas eran electrónicas y para encenderlas era necesario introducir un donativo por la ranura. Rebuscando en mis bolsillos tan solo encontré las llaves de mi casa y el teléfono móvil, que por cierto había olvidado silenciar al entrar en la iglesia. Desviando mi atención de las velas, me pregunté por qué demonios seguía llevando conmigo el celular. De haber sido más pequeño lo habría introducido sin miramientos por la ranura para ver si así conseguía encender una dichosa vela y alguien allá arriba se dignaba a escuchar mis plegarias. La ausencia de monedas en mis bolsillos y el grosor de mi teléfono fueron ambas circunstancias que me hicieron salir de la iglesia con la cabeza gacha. En el cielo tampoco me escucharían.

Necesitaba dinero, y aparte de rezar, tenía también que alimentar a mis hijos y a mi mujer. Así que fuí a la oficina de empleo de mi localidad, con el fín de solicitar la prestación por desempleo. El señor que me atendió enseguida percibió mi problema. -No se esfuerce, señor, que yo no sé leer los labios pero no se preocupe, tome usted un papel y un bolígrafo y escríbame lo que desea. -La primera sonrisa en mucho tiempo se quiso adivinar en mi rostro. Tomé con mi diestra el artilugio que por fin me permitiría establecer comunicación con alguien. Cuando intenté deslizar su punta sobre el folio comprobé horrizado que no tenía tinta en su interior.

-¡Uy! No se preocupe usted, enseguida le traigo otro que escriba bien, disculpe -El señor se levantó de su silla y acudió a un armario cercano, de donde trajo una caja llena de bolígrafos y me la acercó. Yo cogí uno al azar, esta vez pude ver que estaba repleto de tinta. Así que me dispuse a comenzar la redacción de mi petición. Sin embargo, el papel seguía igual de blanco una vez la punta se paseaba por su superficie, ignorando por completo mis deseos de colorear los trazos. Enfadado, solté el bolígrafo de mala gana e hice un tercer intento con otro extraído de la misma caja. El resultado fue idéntico. Miré al hombre desesperado, éste me devolvió la mirada y de forma compasiva me pidió que me tranquilizara y con firmeza agarró el último de los bolígrafos que yo había usado. Cuando el funcionario intentó emborronar el papel, pude ver perfectamente como el utensilio sangraba su tinta respondiendo perfectamente a la voluntad de quien lo sostenía. El papel absorbía perfectamente su escritura, y después de comprobarlo me ofreció de nuevo intentarlo. Desesperanzado, cogí de nuevo el bolígrafo, y esta vez con mano temblorosa hice mi último intento sin ningún fruto. No había forma de escribir nada.

Una rabia intensa se apoderó de mí. Perdí todo control sobre mi comportamiento. Mis modales se esfumaron por completo y una fuerza ajena a mi voluntad unió mi mano derecha al lapicero, lo levantó de la mesa lo más alto que pudo, y dejándolo caer con estrépito lo incrustó con saña en el entrecejo del funcionario, que al instante cayó al suelo inconsciente. Acto seguido, me abalancé sobre él y comencé a golpearlo una y otra vez con la base del lapicero en el cráneo hasta que el charco de sangre alcanzó mis rodillas. El hombre falleció en el acto. Y yo me quedé allí paralizado. Con la mirada perdida me ausenté, por un tiempo que me sería imposible determinar, del mundo que me rodeaba. No tengo idea de lo que ocurrió en esos minutos. Cuando volví en mí, una patrulla de policías entraba por la puerta apuntándome con sus armas. En el momento de la detención me acogí a mi derecho de permanecer en silencio. En el posterior juicio me dijeron que hablara ahora o callara para siempre. Y así fue como acabé donde ahora me encuentro, en una cárcel de máxima seguridad, condenado hasta el fin de mis días por asesinato.

El día de mi reclusión me dijeron que me habían asignado una celda individual y que no tenía derecho a comunicarme con nadie. Entonces, me preguntaron si tenía alguna petición especial, o quería llevarme algo conmigo. Y aunque no tenía esperanza alguna de que mi voz resusitara de su letargo, instintivamente tomé aire y pronuncié una docena de simples palabras para pedir cinco objetos.

- Quiero un cristo, una vela, un mechero, un bolígrafo y un cuaderno.

Ni siquiera me preocupé de añadir un “por favor”. Mi voz, esta vez acompañada de un anhelado eco, retumbó de forma nítida en mis oídos tal y como siempre había hecho. Sin embargo, aquel hombre no emitió respuesta alguna y me fui a la celda convencido de no había podido escuchar nada de lo que me había esforzado en solicitar. Mis sentidos me habían abandonado una vez más. Había sido engañado por el mundo que me rodeaba, por el destino y por mí mismo, que había querido escuchar mi propia voz donde solo había silencio, un eco donde solo había una ilusión. Mis lágrimas empezaron a brotar y no pararon de hacerlo hasta que el sueño me venció en la soledad de mi castigo. Al día siguiente, con el toque de queda, una luz penetró entre los barrotes acompañada del sonido de unos pasos lejanos. Pude distinguir con claridad como la intensidad de los pasos aumentaba por segundos, hasta que los sentí bien cerca. Me levanté de mi cama de inmediato, y una voz me ordenó que me alejara de la puerta. Obedecí. Agaché la cabeza de tal forma que solo pude ver unas gruesas botas negras junto a la cara exterior de los barrotes. El tintineo de unas llaves y el posterior chirrido de una puerta me indicó que mi celda se estaba abriendo, luego, dejé de ver las botas porque una caja pequeña, como de zapatos, había sido depositada justo delante de ellas. De nuevo un chirrido, un tintineo y unos pasos pero esta vez alejándose.

Los músculos de mi cuello se relajaron y pude alzar mi cabeza. Aquel hombre había dejado algo para mí. Cuando abrí aquella caja pude ver los cinco objetos que había pedido perfectamente dispuestos en su interior. Aparté a un lado el cristo, la vela y el mechero. Mi atención se centró en los otros dos objetos. Abrí el cuaderno. Estaba repleto de hojas en blanco. Ardía en deseos de rellenarlas con palabras, así que agarré el bolígrafo con firmeza y para el mayor de mis asombros, pude por fin escribir. Y mis primeras palabras desde la víspera de aquel doce de mayo de dos mil trece quedaron para siempre incrustadas en aquella hoja.

-¡Yo creía ser feliz! Todo me iba bien…

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