martes, 4 de noviembre de 2014

Fin del partido

Un cuento por Víctor Álex Hernández


Fotografía: Enrique Saldivar Licencia: Creative Commons



La última noche que vi a padre fue justo la víspera de mi decimoquinto cumpleaños. Estaba yo en el salón, jugando con Lucy, mientras él y mamá preparaban la cena. La tele estaba muy alta, y con toda seguridad nos hubieran ordenado bajarla si no fuera porque la puerta de la cocina estaba cerrada. Así que la partida de cartas se alargó más de lo habitual, con el sonido de fondo de los cañonazos con los que el coyote intentaba una y otra vez alcanzar al correcaminos.


—Me aburre jugar contigo, es la tercera vez que te gano.
—Por favor, vamos a por la última— Imploró Lucy, quien parecía no cansarse nunca de recibir palos.
—Si es que no tiene sentido, no sabes ir de farol, se te ve venir a una legua de distancia.
—Eso es porque me conoces demasiado. En el cole, a Fabiana la he ganado muchas veces, y ella una vez te ganó a ti. Así que no debo ser tan mala.



No le faltaba razón, pero por mucho que la conociera, debería haber aprendido a fingir un poco mejor si de verdad era su deseo tener algo que hacer contra mí. De repente, se abrió la puerta y una nube de vapor procedente de los fogones inundó el salón. Y mamá subió corriendo las escaleras ocultando su rostro con el paño blanco de cocina. Cuando la silueta de papá se hizo nítida, a Lucy se le cayeron las cartas de la mano, descubriéndome el trío de ases con el que a buen seguro me hubiera podido ganar esta vez. En un abrir y cerrar de ojos alcancé el mando a distancia y silencié el televisor, pero un ligero sollozo que venía de arriba me hizo cambiar de idea y volví a activar el sonido para, a continuación, bajar un poco el volumen.


—La cena está lista— sentenció padre, poniendo fin así a nuestro juego.


Con sus enormes manos sujetando el caldero y el cucharón, nos rellenó tres platos hondos con el potaje de verduras de la huerta, luego sacó de la nevera la jarra y sirvió tres vasos con leche fría. Puso el bote de gofio y el plato con el queso tierno en el centro y nos alcanzó cucharas y servilletas. Lucy, padre y yo comenzamos a comer en silencio, con la mirada perdida en el resplandor del plato que había quedado vacío al otro extremo de la mesa. A la comida le faltaba sal, pero ni mi hermana ni yo nos atrevimos a decir nada al respecto.


Padre fue el primero en terminar y salir de la cocina. Sin levantar la cabeza, noté como se me escapaba un suspiro de alivio al comprobar que se echaba en el sillón, con su pesado cuerpo encima de la baraja. Lucy seguía haciendo pequeños esfuerzos por terminar su ración, y yo aproveché el momento para pasarle por debajo de la mesa un trozo de chocolate que había guardado en el bolsillo para ella. Esa era la única manera de arrancarle una pequeña sonrisa del rostro cada noche. Y en esta ocasión, un insonoro “gracias” se dibujó en sus labios. Desde el salón comenzó a llegar la monótona narración del locutor que retransmitía el partido de fútbol.


—Deja, hoy fregaré yo los platos— Le dije a Lucy.
—¡Noooo!
—Tranquila, cuando hay fútbol ya sabes que se queda hipnotizado, no se va a dar ni cuenta.
—Pero prefiero hacerlo yo. En serio, gracias pero…
—Lucy, tranquila, hoy lo haré yo, no hay más que hablar. Quédate sentada, desde el salón no nos ve.


Mojando mis manos en el agua fría, le refresqué la nuca y la cara, acariciándole con el pulgar la parte superior de los labios, donde comenzaban a acumularse diminutas gotas de sudor.


—Toma, llévale su cerveza y vuelve.


En la cocina hacía mucho calor, pero a padre no le gustaba que abriéramos las ventanas, así que nos aliviábamos a menudo con el chorro de agua fría. Desde que mamá se vió forzada a dejar su trabajo, nos tuvimos que apretar el cinturón y el aparato de aire acondicionado se había convertido en un bulto más de los que luchaban por escaparse del aturullado trastero. Media docena de pequeñas bombillas, la televisión y la nevera era todo lo que podía consumir electricidad en nuestra casa desde entonces. Y con eso nos arreglábamos.


Mientras terminaba de fregar, por el rabillo del ojo vi como Lucy ponía con mucho cuidado un pie en la escalera, mientras su mirada no se apartaba del sillón. Ahora era yo quien empezaba a sudar. Dejé el grifo abierto y me acerqué a la puerta, padre seguía viendo el partido, con una mano agarrando la lata y con la otra el mando a distancia. Ella no se percató de que me acercaba lentamente por detrás hasta que, cuando ya iba por mitad de la escalera, sintió como le sujetaba fuertemente el antebrazo, de manera que por fin me miró. Haciéndole señas para que volviera conmigo a la cocina, por suerte esta vez me hizo caso. Una vez dentro, le liberé el brazo y ella torció el gesto a la vez que se frotaba la zona enrojecida por el apretón.


—¿Estás loca o que te pasa? Termina tú de recoger la cocina, ya subiré yo.
—No por favor, no me dejes sola aquí abajo.
—Escucha, si me haces caso no te pasará nada, pero ¡por dios!, hazme caso. Quédate aquí y no salgas de la cocina por nada. Alcánzame esa bolsa de plástico.


Abrí el congelador y metí varios cubitos de hielo en la bolsa. La escondí bajo mi ropa interior y con extrema cautela subí las escaleras. Cuando llegué al piso de arriba volví la mirada y por la sombra de Lucy deduje que se había quedado inmóvil. Sin demorarme, abrí la puerta del dormitorio. Un bulto que parecía inerte sobre la cama, de repente pareció activarse como si hubiera recibido una descarga.


—Calma, soy yo.
—¿Has dejado sola a tu hermana? Baja ahora mismo con ella.
—Mamá, toma,— le dije alcanzándole la bolsa —ponte esto en la cara—
—Sí, vale, pero por lo que más quieras, vuelve con Lucy.
—Pero mamá…
—Por favor, te lo ruego.


El paño de cocina, recién teñido de rojo, comenzó a absorber ahora las lágrimas que, como los bultos del trastero, luchaban por su libertad. Las mías, sin embargo, caían irremediablemente sobre la moqueta. El escalofrío que me recorrió la espalda no me impidió cerrar de nuevo la puerta del dormitorio y bajar como un veloz y silencioso relámpago la escalera. El locutor transmitía con fervor la emoción del partido, el sillón continuaba hundido. Salvo por la lata de cerveza, que yacía arrugada sobre la alfombra, todo parecía igual que lo dejé. Me adentré en la cocina y me apresuré a abrazar a Lucy.


—Mamá está bien, me ha pedido que bajara contigo.


Lucy no contestó, ni su cuerpo correspondió a mi abrazo, simplemente permaneció paralizada. Y pude sentir una extraña humedad atravesando mi pantalón y acariciando mis muslos.


—¿Qué ha pasado? —Le pregunté cuando me percaté del pequeño charco amarillo que reposaba bajo nuestros pies.


Lucy no contestó.


—Pronto acabará el partido —Le dije.


Me acerqué a la puerta. Padre estaba comenzando a cerrar los ojos. Recé para que ningún equipo marcara un gol. Lucy seguía inmóvil, de pie derecho en mitad de la cocina, con la mirada perdida.


—Sólo hay que esperar un poco. —Le dije mientras me fijaba en el movimiento de su pantalón empapado, que vibraba producto del temblor de sus piernas.


En el salón, padre parecía poco a poco dejarse llevar por su cansancio.


—Por favor, Lucy, necesito que hagas una cosa por mí. Dime… ¿Sabes por qué ganabas a Fabiana tantas veces?
—Sí, porque no me conoce y entonces la engañaba fácil.
—Bien, pues a las personas que te conocen bien, cómo yo a ti, por ejemplo, hay otra forma de ganarles, de engañarles fácil.
—¿Sí? Por eso tú me ganas a mí siempre.
—Exacto. Mira, se trata de hacer lo que esas personas jamás se imaginarían que fueras a hacer. Tan fácil como eso. Recuérdalo bien. Ahora quiero que cierres los ojos, que yo voy a jugar una partida y no puedes ver mis cartas.
—¿Con quién vas a jugar hermanito?
—Contigo, y con mamá, pero primero tengo que ir a buscar la baraja de cartas.
—Vale, te espero con los ojos cerrados, pero ten cuidado.
—Sí, tranquila, hay otra baraja en la gaveta que está debajo de la televisión.
—¿Y por qué has cogido ese cuchillo tan grande?
—Ya sabes, la gaveta que a veces se atasca, y no quiero despertar a padre. Cierra los ojos y no hagas ningún ruido, iré a por ella.
—Muy bien. Te espero.


Cerré la puerta de la cocina y me dirigí directo hacia padre, que entonces ya dormía profundamente.


—¡Fin del partido! ¡El equipo local ha conseguido la victoria! —Narró con júbilo el locutor.



2 comentarios:

  1. He llegado a tu blog por pura casualidad, y he de decirte que no he podido dejar de leer el cuento hasta que lo he terminado. ¡Me ha encantado! Has creado unas imágenes muy nítidas, con descripciones sencillas y claras, y el final... Genial.
    ¡Felicidades!

    Te dejo el enlace a mi blog, por si te apetece echarle un ojo.
    https://enlacallelibertad.wordpress.com/

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    1. Muchas gracias, Cristina. Muy alentadoras tus palabras.

      Siguiendo tu invitación, me he dado una vuelta por tu blog. Allí he leído tu último relato ("Doce escalones"). Y ciertamente me ha gustado mucho. El suspense está muy logrado. El giro que das a los personajes en mitad de la historia coge desprevenido al lector. Y la atmósfera de terror que creas alrededor de todo, sencillamente maravillosa.

      Con tu permiso, invito desde aquí a todos mis lectores a visitar tu rinconcito.

      Un abrazo, y nuevamente gracias.

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